El fin de la excepción francesa

El filósofo y profesor de la prestigiosa Escuela Normal Superior (ENS) de Francia, Alain Badiou (Rabat, 1937), es un pensador radical. Es el intelectual "más leído y comentado fuera de Francia", según la crítica literaria gala. En su último libro aparecido en España, "¿Qué representa el nombre de Sarkozy?" (Ed. Ellago, 2008), libra un profundo análisis político sobre el presidente francés, Nicolas Sarkozy. Para Badiou, la entrada de Francia en el mando militar de la OTAN que se consuma este fin de semana en la cumbre atlántica de Estrasburgo y Khel muestra la predisposición del jefe de Estado galo a servir los intereses de EE.UU.

 Por Salvador Martínez (Paris).

Hasta qué punto un filósofo es capaz de responder a los interrogantes de la actualidad política? —Tratar situaciones políticas concretas es una tradición de la filosofía francesa. Los filósofos galos intervienen en la política del país desde el siglo XVIII. Así lo hicieron Voltaire, Diderot o Rousseau y, más recientemente, Jean-Paul Sartre, Maurice Merleau-Ponty, o Jacques Derrida. Hay otra razón que explica la publicación de mi último libro. He constatado en la ENS una preocupación creciente a raíz de la elección de Nicolas Sarkozy como presidente de la República. En realidad, este libro surge de una pregunta que me lanzó un alumno: ¿Cómo es posible que Francia haya elegido como presidente a ese personaje que se llama Nicolas Sarkozy?

—Desde que Nicolas Sarkozy alcanzara la Presidencia de la República hasta hoy, una cantidad ingente de artículos y libros trata de aclarar la naturaleza del sarkozysmo. ¿Cuál es su respuesta?
—Las grandes líneas directrices del sarkozysmo están bastante claras. También está claro lo que representa Sarkozy en el mundo de la política. Los que se preguntan todavía sobre el sarkozysmo están formando una cortina de humo. Nicolas Sarkozy se identifica con las ideas reaccionarias y fundamentales de la derecha francesa. Estas ideas existen desde hace decenios y, por qué no, desde hace siglos. Se pueden resumir fácilmente: en política exterior, acercarse a EE UU, lo que se traduce en la integración de Francia en el mando militar de la OTAN, el aumento de efectivos del contingente francés en Afganistán, la ausencia de críticas a la intervención militar en Iraq y el alineamiento con Washington respecto de Oriente Medio; en política interior, se busca desmontar todos los derechos adquiridos en las luchas sociales desde el siglo pasado.
De ahí que se busque el desmantelado de la Seguridad Social, de las 35 horas de trabajo semanal o del impuesto sobre las fortunas. En fin, Sarkozy es: "todo para los ricos, todo para los estadounidenses y, la gente, que trabaje".

—¿No observa ninguna novedad en la política del actual ejecutivo?
—Sí, Sarkozy ha incluido esa pizca de extrema derecha que se observa en la voluntad política de perseguir a los extranjeros. Además, hay que reconocer a Sarkozy el mérito de haber presentado con éxito las ideas reaccionarias clásicas de la derecha francesa como una ruptura. Él ha presentado la reacción como una revolución. Hechos así ya se han registrado en la historia de Francia. Piense en el mariscal Petain. El Estado francés de los años 40 se presentó como una "ruptura" pero significó sumisión a los alemanes, el desmantelado de los derechos sociales, y la hostilidad a los movimientos populares. Sarkozy, con su alineamiento atlantista, su política social y su hostilidad hacia mayo del 68, demuestra tener mucho en común con los líderes políticos del Estado francés de los cuarenta. Otra novedad que ha aportado Sarkozy es que gracias a él buena parte de la derecha ha cambiado su relación con las creencias reaccionarias. Nicolas Sarkozy ha hecho explícita esa relación.

—Desde la oposición se ha dicho que Nicolas Sarkozy es "un neo-conservador a la francesa". ¿Está de acuerdo?
—En realidad, Sarkozy no es tan neo como se dice. Si Nicolas Sarkozy ha roto con alguna tradición política, él ha roto con el gaullismo. Los gaullistas siempre han sido conservadores preocupados por que el Estado juegue un papel importante en política a nivel social y por que Francia sea independiente respecto de EE UU. Esta última es la gran idea del general Charles de Gaulle. Por importantes y originales que sean ambas ideas, Sarkozy ha roto con ellas. De ahí la voluntad del presidente francés de mejorar las relaciones con Washington y la intención de desmantelar el Estado para impedir que juegue un papel social. ¿Es éste un fenómeno neo? No. Es el regreso a las ideas conservadoras del periodo de entreguerras. De Gaulle sí fue neo, él fue original.
Con Sarkozy, se acabó la originalidad. Con él ha llegado el fin de la excepción francesa.

—Buena parte de los analistas internacionales ha considerado los seis meses de presidencia francesa de la UE como un "éxito". ¿Cuál es su valoración?
—Resulta paradójico analizar la presidencia francesa de la UE porque los eurófilos no son mayoría en la escena política gala. La extrema izquierda gala no es europea por anticapitalismo y la extrema derecha no es europea por nacionalismo. Entre ambas tendencias no predominan los europeístas sino los proamericanos. En realidad, los eurófilos militantes en Francia son muy débiles políticamente. De cara a la opinión pública, el europeismo apenas existe entre los franceses. Ni siquiera en Europa se puede hablar de que exista una opinión pública homogénea. En todo caso, lo que se constata es el buen entendimiento que ha habido entre los políticos franceses y británicos durante los seis meses de la presidencia francesa de la UE. Con quien mejor se ha trabajado es con los líderes del Reino Unido, un país que no pertenece a la eurozona ni parece interesado en la adoptar la moneda única.

—Usted asegura que el sentimiento de "miedo" explica la elección de Nicolas Sarkozy.
—La subjetividad que predomina actualmente entre los franceses es la del miedo. Como en los años cuarenta, cuando los franceses perdieron la guerra y se quedaron sin saber cuál sería su futuro, ahora la sociedad gala también tiene miedo porque vive en un clima de incertidumbre. Francia ya no es la potencia que fue hace cincuenta años y no se sabe si va a recuperar la influencia que tuvo otrora. Ante el reino de la incertidumbre, la gente tiene miedo al cambio. Se piensa que debe hacerse todo lo posible para que nada cambie. De ahí la aversión y el miedo a los extranjeros, a los jóvenes e incluso a la acción del Estado. Estos estados de ánimo conservadores caracterizan a la mayoría de los ciudadanos de Francia. Antes, esa subjetividad se identificaba sólo con la extrema derecha. Quien se aprovechaba del miedo era Jean-Marie Le Pen, presidente del partido ultraderechista Frente Nacional (FN). Pero en 2007, si Sarkozy se impuso en las elecciones presidenciales es porque se ha hecho con los votos del electorado del FN. Nicolas Sarkozy ha construido su éxito electoral sobre el miedo de los electores.

—¿Cómo valora el papel de la oposición en Francia?
—Desafortunadamente la izquierda es un cadáver político aunque existe una extrema de izquierda cuya presencia en la vida política es importante. Aun así, la extrema izquierda es débil. A mi entender, la izquierda no desarrolla ningún combate político de verdad porque está de acuerdo con la derecha en la mayoría de las cuestiones a saber, la economía, la globalización, la política exterior o la conveniencia del régimen parlamentario. De resultas, la izquierda es una hipótesis política vacía.

—La debilidad de la oposición es innegable. Pero Nicolas Sarkozy también es débil de cara a la opinión pública. ¿Traduce esta debilidad del ejecutivo y de la oposición una forma de crisis política paralela a la actual crisis económica?
—Si existe una crisis política, ésta se debe al hecho de que ningún partido político tradicional propone a la sociedad una visión de futuro. De hecho, la gran mayoría de la gente ya no cree en la política. Ésta se ha convertido en un fenómeno caprichoso de la vida pública. Sino, ¿Cómo se explica que poco después de la clara elección de Nicolas Sarkozy al frente de la República éste haya alcanzado niveles récord de impopularidad?